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En casa de Herreros, carteles de cine

Enrique Herreros era un tipo que bajaba las escaleras sin pisarlas. Creó, dibujó y publicó 807 portadas, 45 contraportadas y 2.303 piezas en «La Codorniz». Fue cineasta («María Fernanda la Jerezana», 1946), grabador, fotógrafo, humorista, cinéfilo, publicista, manager, montañero... un art-ista total. Con él se rompió el molde. Era irrepetible. Nació un día de muchas nieves en Madrid -29 de diciembre de 1903- y en el Kilimanjaro. Escaló los Picos de la Europa del arte y el talento, como Tono, Mihura, Neville... la «otra generación del 27», un maravilloso grupo del que no se desperdigaría. Siempre se alegró del éxito ajeno. Y despegó «La Codorniz», forjada por un herrero ingenioso, humilde, pudoroso, vergonzoso y recatado. Por eso a veces se salía de sí.
Como su hijo Enrique, otro gran tipo, que se sale de sí para seguir manteniendo viva la llama y encendida la casa del padre. Ahora reúne en feliz armonía «Los carteles de cine de Enrique Herreros y otras obras importantes», obra editada por EGEDA (entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales), y EDAF. Se muestra en 460 páginas cinco facetas creadas por Herreros: cuarenta y cuatro carteles de cine; dieciocho de temas en general; escritos sobre catorce bastidores ideados por él para adornar la fachada del Palacio de la Música con películas que la mayoría figuran en la Historia del cine; veinticinco portadas que publicó en «La Codorniz» de cine (y sobre cine); y treinta retratos de estrellas consagradas publicadas en la revista «Cinegramas».
Desde niño, Enrique, hijo, guarda, cuida y custodia esa incalculable colección, y los libros, gracias a las admirables enseñanzas de Enrique, padre, que se sentirá orgulloso, allá en el séptimo cielo, muy cerca de Goya, de cómo su vastago ha movido la Séptima con la Octava Avenida para que sus carteles vean la luz. Enrique, hijo, ha reunido «noventa artículos de noventa magníficos, que demuestra el interés, cariño y respeto que mi buen padre dejó entre ellos tras marcharse para siempre a sus Picos de Europa, cuando fue reclamada su presencia tan bruscamente por Mr. Jordan en 1977». El Herreros cervantista, humanista, humorista, inconformista, municipalista, cineasta, hombre de teatro, colaborador... se pone ahora en manos del lector. Enrique Herreros, padre, tuvo un «defectillo»: no marcharse de España, como Picasso o Dalí. España sabe querer, pero no sabe mimar, y se quedó en esta piel de toro que maltrata el talento de sus más grandes hijos, pero gracias a la sangre de su sangre, su manuense hijo, con quien tiene vocación y vinculación, la memoria de Herreros permanece habitada.
Un cartel para el mejor
Homenajean a Herreros su universo: hombres de cine -Alfredo Landa, José Luis López Vázquez, Rafael Azcona, José Luis Borau, José Luis Garci, Gonzalo Suárez, Gil Parrondo...- hombres de Economía -Ramón Tamames-, de política -Alfonso Guerra- críticos, periodistas, sus amigos de ABC -Manuel Martín Ferrand, Antonio Burgos, José Miguel Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Jesús García Calero, Juan Ignacio García Garzón, E. Rodríguez Marchante, Luis Prados de la Plaza- y dos «grandes de España», que desgraciadamente han sido llamados por «Mr. Jordan»: Fernando Fernán-Gómez, que glosa la España que fue de las tertulias, y José Luis Pécker, la montaña mágica de las ondas esculpida magistralmente por Antonio Mingote en ABC: «Anunciaba «Un millón para el mejor» cuando el mejor era él», se leía en la sublime viñeta a él dedicada, donde un radioescucha, abatido, llora de rabia la muerte del volcán de la radio. José Luis Pécker -que tuvo a Enrique, hijo, como compañero en aquella fabulosa «Cabalgata fin de semana» desde la que convocaba a las más fulgurantes estrellas llegadas desde Hollywood a los Picos de Europa- sitúa sabiamente a Herreros, padre: «Su misión fue transmitir alegría, actualidad, esperanza y todo «dicho en voz baja». Hallaba la sonrisa sin molestar a nadie. Era el hombre bueno del cine y de la prensa. El mágico soñador de portadas capaces de despertar a los españoles cansados. Amaba la vida en colores vivos. Y su hijo aprendió de él esa joven asignatura de seguir siendo Herreros».
Comunismo en Gran Vía (1949)
Enrique, padre, era de esos artistas que empiezan por art, y terminan por ista. Lo recuerda Oti Rodríguez Marchante, a propósito del cartel de «Camarada X» (1949). ¿A que le coloco a Franco una hoz y un martillo en la zona más visible de la Avenida de José Antonio [hoy la Gran Vía madrileña]?, prometió. Y cumplió su palabra sagrada. El 21 de febrero de ese año puso con todos los permisos en regla el cartel de «Camarada X», «y entre los gigantescos rostros de Clark Gable y Hedy Lamarr se puede apreciar con claridad una viñeta en la que resalta el emblema comunista con el mismo descaro que una cucaracha sobre un pastel de nata», escribe Oti. Herreros tuvo un par de arts «para colgar una bandera con la hoz y el martillo en la fachada del Palacio de la Música ante las mismas barbas de la censura -prosigue el crítico cinematográfico de ABC- y los bigotes de un caudillo (que rima con martillo) sin escrupuloz (tenía que rimar con hoz como fuera)».
Art-ista total, el mundo del cine estuvo en manos de Enrique Herreros entre 1931 y 1936, un lustro antes de que echara a volar el humor codornicesco. Herreros fue un hombre que sabía o había visto demasiado, pero que había aprendido muy pronto a ser una persona bondadosa.
Como su hijo Enrique, hombre de cine, pero disidente hoy de las salas que parecen garajes, y que se semejan «a cualquier institución geriátrica sustituyendo los naipes o el parchís por cómodas butacas, y a la aburrida Doña Pepita por la deslumbrante Scarlett Johanson».
Como esa tentación rubia deslumbran los carteles forjados y guardados entre algodones por los hombres de hierro de nuestro cine, los dos Herreros, los dos Enriques, en los mejores años de nuestra vida.

Cine histórico, cine viejo

Los hermanos Paolo y Vittorio Taviani tienen en su haber una compacta obra que se ponía como ejemplo de cine histórico y político, atravesado por una vena folclórica a veces cercana a un cine operístico, otras a una versión italiana del realismo mágico. Poco queda de eso en «El destino de Nunik», que más bien debería ponerse como síntoma de la decadencia del cine italiano: antes que en ningún otro país europeo, la tele aplanó el cine liquidando su honorable tradición neorrealista: véase el estilo plano, televisivo, telegráfico, que exhiben aquí los Taviani. Pero ese pecado es venial al lado del pecado mortal del cine italiano, el doblaje: entre cánticos de «world music» (muy evocativos y tal), aquí se obra el penoso milagro (Borges dixit) de hacer que las españolas Paz Vega y Ángela Molina, el francés André Dusollier y hasta la canadiense Arsinee Khanjian hablen en perfecto italiano, en un lamentable ejemplo de lo que se llama «europudding» pero que en este caso podríamos llamar «misto de paese». No parece la mejor forma de hacer que el cine europeo estreche lazos frente al (también doblado, pero mejor) cine del imperio.
Resulta especialmente penoso en el caso de Arsinee, que es de origen armenio, como la población cuyo genocidio a manos de los turcos narra la película incurriendo en todos los tópicos del cine histórico de exilios: véanse en este sentido los diversos militares turcos que ejercen de personajes intermedios, expresando reparos frente a la operación de exterminio como si hablasen en titulares de prensa; o el risible mendigo que sirve de judas y compañero de viaje. Frente a esto de poco vale que a Paz Vega le pidan que se ponga étnica o armenia de Merimée, o los socorridos toques poéticos protagonizados por niños.
El cine ha tanteado varios modos de narrar genocidios, desde Auschwitz. Atom Egoyan, el director canadiense-armenio marido de Arsinee, ideó una forma en «Ararat»: el rodaje de una mala película histórica le permitía enmarcar una reflexión sobre la memoria del exterminio armenio. Esa mala película es la que les ha salido a los Taviani. Falta reflexión y puesta en escena, sobra tanto cántico y ese aliento de miniserie que lo corrompe todo.

Apple llega a un acuerdo de cine con News Corp.

La compañía de Steve Jobs ofrecerá las películas de Twentieth Century Fox en alquiler online a través de su tienda iTunes.
Apple está muy cerca de anunciar un acuerdo con Twentieth Century Fox, los estudios cinematográficos hollywoodienses propiedad del gigante del entretenimiento News Corp., según informa hoy el Wall Street Journal.Gracias al acuerdo, Apple podría conseguir que los títulos de Fox estén disponibles para su alquiler digital en la tienda de Apple, Apple iTunes Store.Apple, que ya ofrece algunos títulos de otros estudios como Walt Disney o Paramount Pictures, pretende de esta forma darle otro "gran mordisco" al mercado de las películas online, y reavivar su apagada sección de vídeo de iTunes, cuyas ventas no están creciendo al ritmo que lo hacen las de las descargas de canciones.Por otra parte, las acciones de la compañía alcanzaban ayer máximos históricos, llegando a los 200 dólares por acción por primera vez y confirmando el gran momento por el que atraviesa la compañía de la manzana gracias a las ventas de su teléfono iPhone y de sus reproductores iPods.